La Cuestión Arriana

marzo 1, 2007

La irrupción del ‘ semiarrianismo’

Filed under: Conceptos,Historia — editor @ 5:37 pm

Bajo este vocablo se hace referencia no a una nueva doctrina o herejía concreta, sino más bien a una actitud difusa mantenida por personas o grupos disidentes en el conjunto de las discusiones trinitarias del s. IV, es decir, a quienes, sin ser propiamente arrianos, no se manifestaron, sin embargo, abierta y plenamente católicos. Si el arrianismo consiste en la negación de la consustancialidad de las Tres Personas divinas, se puede designar a los semiarrianos como a aquellos que ofrecen algunas dudas acerca de esta verdad del dogma católico, diciendo que el Hijo no es consustancial sino solamente semejante al Padre o expresiones parecidas.

Antecedentes. Concluido el Conc. de Nicea (a. 325; v.), en el que se había condenado tanto a Arrio como a sus doctrinas, bastantes obispos quedaron insatisfechos del modo como se había procedido. Todos ellos estaban en contra de Arrio y de su negación de la divinidad de Cristo, pero a no pocos les disgustaba la expresión homousios (consustancial), aprobada por el Concilio e incluida en el símbolo de fe, temiendo que pudiera ser interpretada en un sentido sabeliano , para el que tanto el Padre como el Hijo eran una misma cosa, sin distinción alguna de persona.

De este modo, sobre todo a la muerte de Constantino (a. 337), se levanta una fuerte reacción antinicena contra los hombres que más decididamente habían propugnado su credo y la doctrina del homousios, como los papas julio 1 y Liberio, Osio de Córdoba, S. Atanasio de Alejandría, Marcelo de Ancira, Eustacio de Antioquía, etc. Al hacerse dueño absoluto del poder imperial Constancio, después de las revueltas familiares (350-361), el arrianismo cobró, gracias a su ayuda, un nuevo momento de esplendor, con peligro de convertirse en la religión del Estado. No pocos obispos, aunque sin querer ir en el fondo contra la fe de Nicea, se plegaron a los deseos del Emperador y celebraron diversos sínodos con el afán de buscar una fórmula conciliatoria, evitando cuidadosamente la palabra decisiva: homousios. En esta guerra de nervios, S. Atanasio (328-373; v.), obispo de Alejandría, era considerado como el máximo exponente de la fe nicena. Cinco veces tuvo que salir para el destierro y no pocas veces el tema de discusión de los sínodos y concilios particulares era más bien S. Atanasio que la teología trinitaria. El año 341 se celebró en Antioquía, y bajo la presidencia de Constancio, un sínodo (in Encaenis) donde se fijaron cuatro fórmulas de fe conciliatorias. Si bien los padres allí reunidos, ortodoxos en su mayoría, repudiaban decididamente la doctrina arriana, su condenación arriana no era tan limpia ni tan explícita como la que lanzaron, allí mismo, contra Marcelo de Ancira (v.), que, aun sosteniendo una doctrina confusa, había apoyado decididamente la fe de Nicea. Poco tiempo después moría Eusebio de Nicomedia, alma de las maquinaciones contra S. Atanasio y de la reacción antinicena. El hecho contribuyó a mitigar el ardor de sus secuaces. En la cuarta fórmula de Antioquía, que fue presentada a la Corte imperial de Tréveris, ellos mismos repudian las tesis principales de Arrio, pero dejando aparte la palabra homousios. Era el primer paso que constituiría más tarde el fondo del s. Las fórmulas antioquenas pecan de imprecisión y ambigüedad, aunque alguna admita una interpretación ortodoxa. Concretamente, la segunda será utilizada más tarde por S. Atanasio y por S. Hilario de Poitiers (v.) con el fin de atraer a los semiarrianos.

Un nuevo concilio celebrado en Sárdica (hoy Sofía) (342-343) acentuó aún más la división. Los obispos occidentales admitieron en seguida su comunión con S. Atanasio y con Marcelo, pero los orientales se reunieron después por su cuenta, excomulgando no ya sólo a los citados defensores de la fe, sino también al papa Julio 1 (337-352; v.), a Osio (m. 357; v.) y a otros obispos, bajo la acusación de favorecer la herejía, y fijando un nuevo símbolo de fe semejante a la cuarta fórmula antioquena. Los ortodoxos, bajo el venerable obispo de Córdoba, Osio, excomulgaron, a su vez, a los cabecillas contrarios, reafirmándose otra vez en el símbolo de Nicea.

Siguieron luego otros sínodos y concilios: Milán, 345; Sirmio, 351; Arlés, 353; Milán, 355. Se da a conocer la primera fórmula de Sirmio, parecida a la cuarta de Antioquía y en cierta manera ortodoxa; mientras tanto, un nuevo pontífice, el tan discutido papa Liberio (352-366; v.), ocupa la sede de S. Pedro. Sigue creciendo la reacción antinicena y los máximos exponentes de la ortodoxia han de salir camino del destierro. Este triunfo de los antinicenos se debía al apoyo imperial y a la táctica usada por ellos de limitarse en las discusiones a combatir la palabra homousios como sabeliana, con lo que daban la sensación de querer salvar la unidad.

Pronto, sin embargo, se empezaron a fraccionar en diversos partidos, alrededor de una cuestión clave de si el Hijo era semejante (homoios) o no semejante (anhomoios) al Padre. Los primeros, homeos, estaban a su vez divididos, manteniendo unos que la semejanza entre el Padre y el Hijo quedaba limitada al solo querer y a la sola acción, mientras que los otros reconocían que el Hijo era semejante al Padre aun en la misma sustancia, o sea, en todo (homoios cata pantha); tanto a unos como a otros se les conocía con el nombre de homeousianos (homoios) o, menos exctamente, de semiarrianos, según expresión de S. Epifanio. Los segundos (anhomoos), o arrianos rígidos, estaban dirigidos por un tal Aezio (Ezio) de Antioquía, calderero primero, luego platero, más tarde médico y finalmente diácono de Antioquía. Buen dialéctico, árido y seco en sus silogismos, identificaba la esencia divina con la noción de «no engendrado», evidentemente propia del Padre, resultando de ello que el Hijo, lejos de ser consustancial o al menos semejante al mismo, venía a ser totalmente diferente (anhomoios).

Desarrollo del semiarrianismo. En el periodo agitado de los últimos años del emperador Constancio, se van multiplicando de nuevo los concilios: una fórmula sigue a otra y las tendencias continúan encontradas no solamente por sus diferencias teológicas, sino, sobre todo, por el deseo de agradar al Emperador, indeciso él mismo.. En Sirmio se da a conocer una nueva fórmula, la segunda (357), que repudia como no bíblicas y como aptas para sembrar discordias las expresiones homousios y homoiousios, subordinando sin más el Hijo al Padre. Dos obispos occidentales, Ursacio y Valente, que ya en Sárdica se habían declarado semiarrianos, se valen de mil argucias para hacer claudicar a Osio, desterrado bajo vigilancia imperial, y hacerle aceptar esta fórmula. Según los testimonios del mismo S. Atanasio, de S. Hilario de Poitiers, de Sozomeno (v.), entre otros, parece que lo hubieran logrado; dice S. Atanasio: «cedió a los arrianos un instante, no porque nos creyera a nosotros reos, sino por no haber podido soportar los golpes, debilitado por la vejez». Modernamente, el P. Maceda (Hosius vere Hosius, Bolonia 1790) y otros ponen en duda el hecho y explican la declaración de S. Atanasio por su dependencia de fuentes semiarrianas, empeñadas en extender por todas partes sus pequeños triunfos.

Lo fraguado en Sirmio conoce pronto una viva reacción.

Basilio de Ancira, perteneciente a los semiarrianos mitigados, reúne un concilio en Ancira (358), que condena la segunda fórmula de Sirmio y declara que el Padre y el Hijo son semejantes en la sustancia. El Emperador apoya la nueva medida y bajo su mandato hace celebrar una nueva asamblea en Sirmio el mismo año, donde se anatematiza la segunda fórmula del mismo nombre y se propugna una nueva, la tercera, que, por desgracia, es todavía más compleja, y que, aunque no sea claramente heterodoxa, no recoge la palabra homousios.

A esta tercera fórmula va unida la célebre controversia acerca del papa Liberio (v.). Varias fuentes declaran que al igual que Osio, también el Papa tuvo su momento de debilidad, con la excusa, quizá, de que el emperador le dejara volver a Roma. De hecho volvió, y allí siguió hasta su muerte, ocurrida el 22 nov. 365. El historiador griego Sozomeno cuenta que en el verano del 358, Constancio había hecho venir a Liberio desde Berea a Sirmio, donde se encuentra el Papa con Basilio de Ancira, Eustacio y Eleusio, quienes argumentaron diciendo que la palabra homousios servía para mantener la desunión, induciéndole de ese modo a aceptar la fórmula tercera de Sirmio manipulada poco antes por ellos. En esos mismos días el Papa consignaba a Basilio la declaración de que «quien niega que el Hijo sea semejante al Padre en la sustancia y en todo, sea anatema» (Hist. Eccls., IV,15: Enchirid. Font. Hist. Antiq., 2 ed., Friburgo de Br. 1923, n. 924). La ortodoxia, por tanto, quedaba a salvo, y ciertamente que el Papa, al suscribir la fórmula, no pensaba que pudiera traicionarse con ella la fe de Nicea, pues claramente afirmaba la absoluta semejanza del Hijo con el Padre; lo que resulta discutible es la firmeza y prudencia pastoral de esa actuación.

Con estos éxitos, hasta los arrianos rígidos se envalentonaron, llegando a intentar preparar un golpe que fuera decisivo contra la ortodoxia. Constancio se propuso, en 359, convocar un concilio general que diera la paz a la Iglesia a base de la citada tercera fórmula de Sirmio, y ellos se las arreglaron para que los obispos occidentales fueran convocados a Rímini y los orientales a Seleucia, en Isauria. Así querían prevenirse contra una eventual unión de los occidentales ortodoxos con los orientales mitigados. Y como programa de las futuras reuniones, componen, ayudados de Valente y Ursacio, una cuarta fórmula de Sirmio, llamada Credo Dotato por sus primeras palabras del preámbulo (21 mayo 359). Toda ella es la expresión del homeísmo más vago e inconsistente. De nuevo se proscribe la palabra ousia, «desconocida, dicen, en la Sagrada Escritura, y causa de escándalo», si bien se asegura que el Hijo «es semejante al Padre en todo según la Escritura». Como expresión rotunda de lo que venimos llamando s., allí se excluyen todas las demás fórmulas: el homousios de S. Atanasio, el homoiousios de Basilio de Ancira, y hasta el mismo anhomoios de Aezio; solamente queda el homoios.

El Emperador se entusiasma con la nueva fórmula y pretende imponerla en las dos asambleas que se estaban celebrando. Pero la gran mayoría de los que estaban en Rímini la rechazan valientemente; sólo una minoría de s. se dirige a Constantinopla para presentar sus quejas al Emperador; los ortodoxos mandan a su vez propios legados, quienes, al llegar a la pequeña ciudad de Nike, cerca de Andrianópolis, en Tracia, se dejan ganar inesperadamente por la legación semiarriana. y suscriben con ella una nueva fórmula semejante a la cuarta de Sirmio, suprimiendo tan sólo la apostilla «en todo» y afirmando solamente «una semejanza del Padre y el Hijo según la Escritura». Las dos legaciones vuelven en seguida a Rímini, donde los restantes Padres, que habían estado esperando su vuelta durante largos meses, se vieron obligados asimismo a aceptar la declaración de Nike. La mayoría la firmaron sin reservas, pero algunos, para mayor tranquilidad de sus conciencias, repitieron en ella los anatemas contra Arrio y su doctrina, declarando que el Hijo es igual al Padre, existe desde la eternidad y en modo alguno se le puede considerar como una criatura.

Algo parecido ocurre en Seleucia, sólo que allí la lucha fue más bien entre los arrianos rígidos y los semiarrianos. Unos y otros acuden también al Emperador y todos vienen a suscribir al fin la citada fórmula. S. Hilario de Poitiers, residente entonces en la capital, no puede menos de dolerse de aquella escena en la que hasta los mismos obispos occidentales, a quienes él alabara tan ardientemente, dejaban ahora el símbolo niceno para acogerse a una fórmula amañada en circunstancias tan sospechosas. En el a. 360 un nuevo sínodo de Constantinopla vuelve a sancionarla, mandándose a todos los obispos del Imperio que so pena de destierro la suscriban. Sólo unos pocos osaron resistir a la orden, entre ellos el papa Liberio, S. Atanasio, S. Hilario de Poitiers, S. Cirilo de Jerusalén. En la Iglesia reina la desorientación, como lo atestigua S. jerónimo: «todo el orbe gime y da la sensación de haberse vuelto arriano» (Dial. adv. Luci/. 19). En rigor, los vencedores fueron los semiarrianos u homeístas. Precisamente por entonces, y bajo esta forma mitigada, empezó a predicarse el arrianismo entre las tribus germanas de orillas del Danubio, principalmente entre los visigodos. El obispo Ulfilas, su predicador, había estado presente, formando grupo con los semiarrianos, en el sínodo de Constantinopla.

Decadencia y desaparición del semiarrianismo. Con la muerte de Constancio (361) el triunfo obtenido por los semiarrianos se fue amortiguando poco a poco. Su sucesor, Juliano el Apóstata (361-363; v.), precisamente por odio al cristianismo y con el propósito de sembrar nuevas confusiones, levanta el destierro y hace reponer en sus sedes a todos los obispos. S. Atanasio, vuelto a Alejandría, reúne un nuevo sínodo en el que condena a arrianos y apolinaristas (V. APOLINARISMO), pero usando de clemencia contra los semiarrianos que se convertían. Esta medida iba a disgustar tremendamente a algunos obispos occidentales, entre ellos el famoso Lucifer de Cagliari (m. 371). La misma conducta se había seguido dos años antes en otro concilio de París, presidido por S. Hilario (360), en el que se aprobó la siguiente resolución: «Los que hayan sido obligados a suscribir fórmulas más o menos favorables a la herejía, basta que anatematicen a Arrio y que acepten el símbolo de Nicea para ser rehabilitados, conservando sus anteriores oficios; sin embargo, los cabecillas y los mantenedores de la herejía, aunque pueden obtener el perdón haciendo penitencia, han de ser reducidos al estado laical». Paralelamente, tanto en París como en Alejandría se vino a eliminar el malentendido, que se había ocasionado hasta entonces por la significante oscilación de la palabra hipóstasis. En adelante, su sentido sería más bien el de persona, evitando toda confusión con sustancia.

El retroceso de las corrientes arrianizantes continúa. En Occidente, el emperador Valentiniano I (364-375) deja de lado cuestiones religiosas y con ello los semiarrianos recibieron apoyo de su hermano Valente (364-378) en las regiones orientales. En ellas se dieron de nuevo las persecuciones, pero tales medidas indujeron a muchos semiarrianos a aceptar la auténtica doctrina ortodoxa, uniéndose al papa Liberio. Su sucesor en el pontificado,el dinámico S. Dámaso (366-384; v.), trabajó lo indecible por atraerse a los todavía recalcitrantes orientales y para restablecer de una vez la concordia entre las dos iglesias principales del Imperio. En el mismo sentido trabajaron el nuevo emperador Graciano (375-383) y S. Ambrosio de Milán (v.). Al morir, triunfa el símbolo niceno en Oriente, gracias, sobre todo, a los tres grandes capadocios: S. Basilio de Cesarea (v.), S. Gregorio de Nacianzo (v.) y S. Gregorio de Nisa (v.). Adoptando para la doctrina de la Trinidad la fórmula de «una naturaleza y tres personas», añadieron una mejor clarificación de los conceptos. Finalmente, con el emperador Teodosio el triunfo de la verdadera fe fue ya rotundo, al imponer a todos los súbditos del Imperio «que profesaran la fe de Dámaso en Roma y la de Pedro en Alejandría» (380).

El II Concilio ecuménico celebrado en Constantinopla (v.) el año 381 señala la desaparición del s., que sólo continúa perviviendo entre las tribus germanas que acabarían convirtiéndose en la ortodoxia después de invadir el Imperio y de asentarse en su territorio.

Para completar el panorama del s. conviene hacer referencia a una línea especial, la de los llamados pneumatomaqui (guerreadores contra el Espíritu Santo, es decir, negadores de su divinidad), que fue condenada también en el sínodo de Alejandría. Guiados por Macedonio, obispo de Alejandría (m. 362), negaban que el Espíritu (v.) Santo, tercera persona de la Trinidad, fuera consustancial al Padre y al Hijo. Desde el principio formaron un grupo compacto, resistiendo vivamente a las condenaciones y anatemas que les fueron aplicando, primero S. Dámaso en sus Anatematismos (a. 380) y luego, de modo solemne y universal, el II Conc. de Constantinopla del año 381.

F. Martín Hernández desde Mercabá.

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